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El cuerpo de la escritura:
collage a tres voces con interrupciones

Iris M. Zavala

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> Feminismos, cuerpos, escrituras
Iris M. Zavala (Ed.)
La página ediciones
Madrid, 2000

 

 

 

 

 

Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época. Pues ¿cómo podría hacer de su ser el eje de tantas vidas aquel que no supiese nada de la dialéctica que lo lanza con esas vidas en un movimiento simbólico?                                                                                      Lacan          

         El cuerpo recuerda, el cuerpo repite, el cuerpo guarda el dolor, lo esconde, lo camufla, lo oculta. El cuerpo tiene marcas,  heridas, hiancias. El cuerpo está escrito, tiene letra. Y el  “cuerpo de mujer, blancas colinas” es babélico, no hay una lengua única para decirlo--eso sería un mito tranquilizador. Me pregunto si es posible hablar la misma lengua, una lengua común; no lo sé. Hoy, al filo del siglo XXI, he aprendido que no se comparten lenguas, porque no se comparten cuerpos individuales; pueden ser parecidos entre sí, pero radicalmente diferentes. Las marcas lo dividen, pero todo eso sin destino--azar, destino evaporan una ostentosa riqueza de significantes. Se sabe que a falta del significante La mujer, la proliferación de escrituras e imágenes es infinita como formas de hacerla existir, de darle cuerpo. Vano empeño.

                                      Quítate la caretita
                                      Pa’ mirarnos cuerpo a cuerpo...

         ¿Es eso posible?. Si  toda erótica incluye un principio de privación, una privación metódica--quiere decir que  solo la ley nos permite ser inmensamente pecadores (Lacan dixit). Ese principio de austeridad nos conduce por los vericuetos de lo tolerable e intolerable. Pero lo  más importante es que el arte y la ciencia del erotismo  de Occidente--bien trazada por Foucault--ha prolongado un placer, que es el placer de hablar sobre el placer. La literatura ofrece uno de los medios más eficaces para hablar del placer,  y dudar del propio cuerpo, y la percepción más inmediata que se tiene de él. El sujeto es sexuado, pero el sexo perturba al sujeto y a la significación (en enseñanza lacaniana). ¿Puedo dudar de mi propio cuerpo?, se pregunta el loco, pero también los poetas (en el sentido amplio del término, aquel cervantino, de que la poesía puede escribirse tanto en prosa como en verso).  Si Descartes creía que era más fácil conocer el alma que el cuerpo, Sartre--como se sabe--quiere salvar el cuerpo; el cuerpo como contingencia. Yo me encuentro con mi cuerpo, y con mi cuerpo político, y mi cuerpo de mujer, y mis diferentes posiciones y sujetos de enunciación y de enunciado,  y mi  país en la escritura, la única patria que conozco; pero hemos de ir por partes, con los arrebatos y arrobamientos de la síncopa.

         Salvar el cuerpo sartreano o, por el contrario, el cartesiano que da mayor facilidad para conocer el alma que el cuerpo. La dicotomía u oposición que obcede a Derrida es aquí evidente; dejemos de lado las formas de llamar el alma a través de la historia, pero no podemos soslayar ese cuerpo vulnerado, ese cuerpo castigado, masacrado, machacado. Hay en realidad varios cuerpos: biológico, anatómico, antropológico, histórico. Nos encontramos  con el cuerpo místico, el cuerpo de agua,  el cuerpo de estado, el cuerpo legal, el cuerpo social, el cuerpo económico, el cuerpo físico, el cuerpo interno, el cuerpo de tierra, el cuerpo del texto, el cuerpo lector, el cuerpo de la voz, el cuerpo de la mirada, el cuerpo muerto; a veces sangrientos despojos, o lugar prohibido.

                   --Eso lo has escrito.

                   --¿Quién? ¿yo?

                   ---No, ella.

                   ---¿Y quién es ella?

                   --- La escritura.

         Me excuso por la irrupción de voces....y de miradas. Y recomencemos; si no hay relación con el cuerpo que no pase por la palabra, y la palabra--no cesan de repetir algunos poetas y pensadores (no-todos)--es el más peligroso de los bienes, hay exilio del cuerpo. Incluso el  propio nunca es del todo apropiado; (dejé de soslayo que procede del imaginario), y también es esa dimensión muda y aterradora de lo somático que aspiraría a volverse mineral inerte si fuera efectiva y cabalmente satisfecho. Lo escribió Freud en Más allá del principio del placer.  De ese cuerpo--y yo lo conozco en mi propio cuerpo y en  el cuerpo de mi escritura--el sujeto tiene que defenderse, y para defenderse debe construir un cuerpo propio, en el que no podrán borrarse del todo las marcas que amenazan hacer presente, nuevamente, al Otro cuerpo.         

El cuerpo grotesco

         Pasemos a lo perturbador. El cuerpo grotesco asoma sus hendiduras y protuberancias--la madre nutricia que devora para procrear algo nuevo, más grande y mejor, nada más terrible, como el cuerpo de la madre con sus mamas nutritivas, su matriz y su sangre caliente. Lo terrible terrenal, con los órganos genitales, la tumba corporal que se expande en voluptuosidades y nuevos nacimientos. ¡Cuánto sabía el ruso Bajtin de los actos del drama corporal, el comer, el beber, las necesidades naturales, el acoplamiento, el embarazo, el parto, el crecimiento, la vejez, la enfermedad, la muerte, el descuartizamiento, el despedazamiento, la absorción de un cuerpo por otro! Las formas grotescas del cuerpo predominan en el lenguaje no oficial de los pueblos--la injuria, la risa, las palizas, los despedazamientos, las maldiciones--es el cuerpo fecundante-fecundado, que da a luz al mundo comedor-comido, bebiente, excretador, enfermo, moribundo.

         Pero, es este un cuerpo bicorporal que da a luz al morir; al eliminar y rechazar el viejo cuerpo agonizante, se corta el cordón umbilical del cuerpo nuevo y joven, en un acto único que abarca ambas situaciones. Es una operación cesárea que mata a la madre pero salva al niño, acentúa el iluminado ruso en su magistral Rabelais, texto que nos obliga a leer lo lateral, el margen, y a replantearnos el barroco como una escópica. Callo, ¡por ahora! Recomiezo.  Se golpea e insulta a los representantes del mundo antiguo pero naciente. Existe--continúa--en  todos los lenguajes un número astronómico de expresiones consagradas a ciertas partes del cuerpo: órganos genitales, trasero, vientre, boca y nariz. Paro en seco.  Bajtin habla de lo Otro--aquí y ahora, el cuerpo de la madre--, de lo Real, y de lalengua, en conceptos lacanianos.  Esa sustancia vital, que es  la encarnación pura del goce.  Evidente en aquella “cosa”, aquella protuberancia húmeda, viscosa, fecundante-fecundada de la famosa película Alien o en la muy anterior The Invasion of the Body Snatchers (Los ladrones de cuerpos), de Don Siegel, esa vaina viscosa que reroduce la vida. De manera tangencial aludo al cuerpo extraño indestructible que representa la vida presimbólica, el parásito mucoso que  invade nuestro interior y lo domina, aquello más yo que yo misma, como dice Slavoj Zizek. El cuerpo de la madre, “mulier homini lupario”, como recordaba Débora M. Rabinovich (1998) hace poco interpretando a Gracián--el de las paradojas. Pues Gracián--en diálogo avant la lettre con Bajtin--habla de esa madre nutricia, que hace horrible estrago y sangrienta carnicería, mientras Lacan alude a esos niños que hacen de señuelo del deseo insatisfecho de la madre: “ella busca lo que va a devorar”, escribe; es la madre de una gran mandíbula de cocodrilo.  Y lo repito: lo Otro, lo Real, el cuerpo, lalengua....la escritura. 

         Y esa lalengua con su número astronómico de palabras sobre el sexo, el tesoro de significantes de nuestra realidad corporal que está estructurada por el lenguaje. No he de volver aquí, y ahora, sobre la complejidad de lalengua, que repito como una palinodia una y otra vez. No puede ser más sencillo: “en una lengua, es todo un pueblo el que intenta atrapar su goce propio” (Miller 1991:32), y añado --con el dolor de mi propio cuerpo-- una profunda enseñanza freudiana: que el lenguaje transforma al individuo humano hasta en su cuerpo, sus necesidades, y  sus afectos. Más preciso aún: que no hay monumento de lenguaje que la equivocación y la anfibología no corroan o transformen. No se trata de la lengua nacional, ya que esta apunta a estandarizar la comunicación, sino aquella que une conjuntamente el lenguaje considerado bello y el argot. No he de abrumarlos con mis obsesiones, pero ¿hemos de olvidar esa lalengua que nutre a Shakespeare, las procacidades y transgresiones de Quevedo, las obscenidades de Valle  en sus farsas y esperpentos, donde vemos sobre la escena a seres hablantes comunicarse, desgarrarse, escucharse, y amarse, sin que ninguno sepa de verdad quién es quién, las transgresiones de Juana de Asbaje, los goces de Teresa, la música popular, como la plena, el merengue, la salsa, el cuerpo deseante del bolero? Y me quedo corta. Lalengua entonces, es lo que se arrastra, y el malentendido y la homofonía son sus motores. Es “el depósito, la colección de las huellas de los otros “sujetos“; aquello por lo cual cada uno ha inscrito su deseo, puesto que los seres parlantes nos son necesarios los significantes para desear.  “Bueno--Iris--ya, no los marees con tus obsesiones”, me apunta Apolonia. --”Tiene razón”, pero sigo.

         Lalengua, el cuerpo grotesco, la madre fecundante, lo Otro, lo Real. Se preguntarás ustedes, ¿qué tiene todo esto que ver con el cuerpo de la escritura? Y mi Apolonia respondería--”todo”, si bien es “no-toda” y lo aprendió a fuerza de golpes. Y comienzo con una proposición oblicua, que debo a Lacan: que la verdad se revela como ficción y por tanto es Real, y en tanto que ficción, estructura verdadera; que tiene miga la cosa. Entonces, demos un giro de 180 grados y pasemos a la  escritura, al saber de las mujeres, a la posición femenina, al sujeto de la enunciación, y todo eso que --hoy y ahora--que tanto ha cambiado para mí, y que como dice el gran poema nerudiano, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, o si lo quieren en tango “cuando las nieves del tiempo blanquearon mi sien”--, añadiría que solo una lectura dialógica apoyada en una lectura sintomática y paradójica nos permitirá desenredar los problemas de la araña. Si como antes he escrito, el lacanismo supone una gran revolución en y para la teoría, hemos de  replantearnos el concepto de no-todo, arma implacable de la actividad crítica. Es todo un reto leer e interpretar, apoyándonos en Bajtin con instrumentos lacanianos, o viceversa.  Ante todo aprendemos a estrechar el lazo entre el acto de la escritura con la responsabilidad ética, y saber que el lenguaje--y el espacio simbólico-cultural-- es puro conflicto, y nos ayuda a escuchar el rumor, a restituir las preguntas no formuladas, o ideológicamente desplazadas, a las que estas respuestas se dirigen sin querer saberlo. Sesgadamente aludo a la materialidad del significante.

         Recogiendo velas, es imposible obviar  que no es fácil percibir todas las normas, y que constantemente están surgiendo nuevas, que son el umbral del síntoma, en el sentido de lo insoportablemente socialmente (dicho en lacaniano). Y, además, que todo texto puede y debe ser leído como señales y síntomas, de antinomias sociales. A final de cuentas, el orden público simbólico (que se materializa en leyes, reglas y normas no escritas), pone de relieve la vulnerabilidad del sistema y su transgresión, denuncia el carácter de “no-todo” de lo social, y desmonta desde dentro la consistencia de la ideología dominante. O, más evidente aún:  que el antagonismo social (la lucha de clases) es un Real que impide que realidad social objetiva se contituya como un todo autosuficiente.  Se reconocerá en esta paradoja  la voz de Lacan. Sé que todo ello conlleva el fin de la inocencia, pero no de la esperanza. “Iris, que lo has dicho”--¡Vale, pero lo repito!”. 

El goce de Teresa Sánchez

         Aquí es necesario un alto, y retomo a mi amante-amigo Bajtin, en este gran collage de textos, de escrituras y de cuerpos.  Montañas y abismos, tal el el relieve del cuerpo grotesco o, para emplear lenguaje arquitectónico, torres y subterráneos. Y quien dice torres y subterráneos y lenguaje arquitectónico, habla de Teresa Sánchez, la de Ávila, con su castillo interior, y su escritura. En un libro silenciado en España--Arquitectura y cuerpo en la figura autorial de Teresa de Jesús --, María Merecedes Carrión,   hace un desplazamiento para establecer las relaciones de la escritora consigo misma, y más  concreto, con su cuerpo, visto como unidad, con límites precisos, y sede de la identidad humana. El estudio dibuja una imagen y valoración del cuerpo que convive paradójicamente con el nudo azaroso de fuerzas patriarcales y eclesiásticas. Teresa surge  como una gran diseñadora de espacios alternativos para la mujer, tanto fuera cuanto dentro de sus textos; Carrión nos induce a reconocer en la abulense una arquitecta de espacios femeninos, evocando así una subjetividad paródica y polémica, cuya eficacia es obligarnos a despejar el diálogo crítico de las definiciones patriarcales y el determinismo biológico. La muestra como una escritora de textos literarios que pone el peso en la competencia retórica y trópica para dar consistencia al mundo metafórico de la creación. No será difícil apreciar que este acercamiento intersemiótico pueda amenazar el código cultural dominante o los lugares comunes del historicismo positivista, pero--recordando la pregunta de Paul de Man--¿qué hay de amenazador en la teoría literaria para que provoque resistencias y ataques tan fuertes como el silencio absoluto? Sin duda que pensado como lectura diálogica y sintomática, desordena el canon y parte más bien de la naturaleza problemática de los textos. Se oye mi voz....que ya de esto he escrito--pero, insisto, siempre escribo el mismo texto; y sigo.

         La imagen reina de Teresa son el proceso creador y las luchas y polémicas soterradas en la institucionalización de lo literario y el poder de la parodia. Ya escribí--¿o no lo escribí, que nunca se sabe?--que Teresa es un punto de referencia para el goce femenino, complejo problema. No quiero marearme ni marearlos, pero el “goce” no es otra cosa que el ámbito de experiencia de carencia del sujeto, de la inanidad de todo objeto de deseo. Y según Colette Soler, el orgasmo es un punto de desmayo del sujeto como dividido, y cuanto mayor es su experiencia orgásmica, mayor es su experiencia de exclusión. No seguiré por ahí, pues termina en que la mujer pide que el acto sexual sea recubierto de amor, e incluso de un amor único. Paréntesis para ser pensado: el goce del cuerpo del Otro (con mayúscula) que lo simboliza no es signo de amor, lo que lleva a Lacan a distinguir entre amor, deseo y goce (nos recuerda Rithée Cevasco en su seminario “no toda”). Lo dejo en suspensivos y volvamos a Teresa: mencionada en Aún por Lacan (donde plantea el contrapunto amor/goce) la sitúa en relación al goce, recordando que basta ver la estatua de Bernini para comprender que goza. ¿Y con qué goza? Y responde: el testimonio esencial de los místicos es  decir que lo sienten, pero que no saben nada.  También la  menciona en su seminario sobre la angustia (sin  publicar), al desarrollar el problema de la relación con el objeto a para la mujer. Concepto original de Lacan éste, denota “el objeto causa del deseo”, y “eso que es en mí más que yo mismo”, lo que está en lo más profundo del ser y resulto ajeno”; lo éxtimo, y en cierto sentido, la agalma griega.

         Aquí  la abulense, “ruda fornicadora”--dice--se coloca en la línea de mujeres para quienes el deseo del hombre, con lo que representa de más o menos imaginario, se confunde con el a. Establece así una distinción entre la experiencia mística: la posición femenina y la masculina; en 1970 divide las aguas: el goce fálico del lado de la posición masculina, en la posición femenina un goce suplementario en relación al no-todo. Mediante unas complejas fórmulas y teoremas hace evidente que todo quisque se ubica a un lado u a otro, a través de su palabra, y que el sexo no se corresponde con la anatomía sino con una posición discursiva. Paréntesis para ser pensado: La mujer no existe equivale a rechazar lo universal e ir una por una.  El problema es complejo y equivale a una diferencia entre deseo y goce; el goce estaría del lado femenino. Dicho incluso de otra manera (y se precisan muchas formas para decirlo); es un punto de partida para explicar los modos que adopta en cada sexo la subordinación al falo. No hay un atributo de las mujeres que permita establecer con ellas una clase, por lo cual la mujer no existe: no existe el uno unificador de la clase. Si una mujer es no-toda, si no está toda bajo el falo, no se puede hacer una clase con todas las mujeres--en cada una hay algo que escapa.

          Sin embargo, hay que sostener el hilo. Lo que el psicoanálisis puede deducir sobre nuestra Teresa es que ordena las cosas de forma que el goce se torna  justificable: estaría del lado masculino, definida como “ruda fornicadora”. Me aclaro: se ubicaría del lado de una posición masculina en tanto permanece más bien del lado del goce fálico. Nada de esto es fácil ni transparente ni estable e inamovible. La paradoja--para mí--es que esta “ruda fornicadora”, situada en la posición discursiva masculina, escriba el “goce” femenino con un efecto de verdad asombroso (tal vez solo Marguerite Duras logre este efecto).

          Los ejemplos abundan: en el   Libro de la vida y en El castillo interior --según mi erudita amiga Marimer Carrión--hay varios momentos, desde cuando entra en la comidilla del corazón de la alcachofa (elocuente metáfora), hasta la primera morada, donde escribe : el palmito "es la pieza u palacio a donde esta el rey [...] que para llegar a lo que es de comer tiene muchas coberturas, que todo lo sabroso cercan" (1Morada, 2, 8). Más adelante alude a  la unión de los dos (las dos) amantes, el momento más erótico del texto: gracias al desposorio para los/las amantes "no avra remedio de apartarse; u como si en una pieza estuviesen dos ventanas por donde entrase gran luz, aunque entra dividida, se hace todo una luz" (7Morada, 2, 1-3).  Hay además un residuo del signo del Libro de la vida que remite a una relación íntima con ángeles, "siempre abrasados en amor" (6 Morada, 6, 6). Los invito a gozar esta escritura. Volveré al final sobre esta posición discursiva--y la enmaraño, como la araña que teje y desteje de Spinoza, adelantando que no hay que confundir al sujeto del enunciado (el tradicional autor, que ya sabemos que ha muerto, después de Barthes y de Foucault), ni con el sujeto de la enunciación, ni  con el texto o los lectores. Paréntesis para ser pensado: Foucault sostiene que los textos comienzan a tener “autor” en la medida en que pueden ser transgresivos; transgresión que se desliza al campo de la propiedad: el texto pasa a ser un bien. También aludirá a la “función de autor” que no se ha tomado mucho en cuenta. Lo dejo de lado por ahora, pues se trata, como es evidente del nombre propio. Y sigamos.

          Vuelvo una vez más a Teresa; el punto es--y cito a la italiana Rosa Rossi--que  es la única mujer que en la cultura occidental ha dejado una obra  de vanguardia; es decir, de las que se enfrentaron a los problemas de su época--los grandes planteamientos tradicionales de la salvación y el poder. Así, logró vencer la interdicción--aunque fuera en medio de mil dificultades y concesiones-- para afrontar la relación del ser humano con Dios, con sí mismo y con los demás. Según Rossi--en su hermosísima biografía--habría que llegar a Rosa de Luxemburgo para encontrar un caso comparable en la autonomía de la propuesta. Yo añadiría en eso de los grandes planteamientos tradicionales a la novohispana Juana de Asbaje, y luego a la socialista peruano-francesa Flora Tristán, y a la anarquista francesa Louise Michel, ídolo de los bohemios de fin de siglo (la “Virgen Roja”, la llamaban). Y me como las uñas para callar las grandes diferencias de sus escrituras.

          Pero he de dejar de lado--mi suplemento al collage--ese goce, ese orgasmo teresiano en El libro de la vida (secuestrado por la Inquisición en 1575), si bien toda su escritura es un gran goce; pero es sabido que toda ella (menos el Libro de las fundaciones) es “arrobamiento”. Y para mí--he aquí la paradoja, del lado masculino en su posición (donde podríamos situar a Marguerite Yourcenar, por ejemplo, pero no a toda Christa Wolf, o a Manuel Puig), un recorrido lacaniano nos incita a recordar la magnífica relación entre Teresa  y Juan de la Cruz. 

Juan de la Cruz: posición femenina del ser: 

          Vuelvo por los caminos del collage.  “Un santo--escribe Lacan en el críptico texto Radiofonía & Televisión (1980)--no hace caridad. Más bien hace de desecho: él descaritativiza. Y sigue:  el goce no es nada para el santo”. Pero, no puedo evitar la picardía de ofrecer otra paradoja: si en  Aún Lacan evoca el goce de la mujer, goce “loco” que experimentan las místicas, alude más a Juan que a  Teresa, estableciendo siempre una diferencia que le permite constrastes  entre los diversos tipos de goce. En 1967, en La lógica del fantasma (sin publicar) dice: “Los místicos, entre a y A, lejos de ver el Uno, reencuentran el agujero, y es el único punto en lo que ellos me interesan”. Años después recomienda leerlos, pues enfrentados a la falta en el Otro encuentran un goce Otro. He aquí su famoso no-todo: es decir, fuera de la función fálica.

          Toda la riqueza de la mística en establecer esas relaciones entre el alma y Dios, ese abismo “inaccesible a la medida y a los pensamientos del hombre” los sitúa ante un goce más allá del falo (véase Garavelli 1996:50-51), y prueba  que los hombres pueden colocarse  del lado del no-todo. Lacan vuelve una y otra vez a Juan  como expresión de ese goce que “se siente y del que nada se sabe”. No queda ahí: una faz del Otro, la faz de Dios, es el soporte del goce femenino. Boutade aparte,  el no-toda significa el rechazo del rasero fálico que rige para el hombre; los Tiresias (como Kierkegaard) también lo escapan --añadiría a Walter Benjamin, que se identifica con su lado más débil, y no es el único. Y entre las escritoras mujeres más de una se posiciona en el lado masculino: Gertrude Stein es transparente (ojo, y no porque sea lesbiana, sino porque su posición discursiva es masculina). Retomo el hilo.  Esta lógica tiene sus manifiestaciones, y se encuentra ante todo en el éxtasis de los místicos--y aún no-todos. Para mí la  paradoja es que el Juan del “no-todo” está en la poesía, creación de un sujeto que asume un nuevo orden de relación simbólica con el mundo (definición que se encuentra en Las psicosis). No así en sus prosas, exégesis “institucionales” de sus arrobamientos y arrebatos--e invito a los curiosos a confirmarlo. El cambio de enunciado cruza la línea que separa lo interior de lo exterior, lo cual crea un efecto en el orden simbólico. No es una aseverción, solo una hipotética línea de fuga para repensar lo que significa un enunciado.

Juana de Asbaje y el “todo”:

          Hago un recuento: las figuraciones del cuerpo, el cuerpo político, el cuerpo paródico, el cuerpo intelecual.  Tomemos a Juana de Asbaje--¡toma ya!, que enredo de nombres, de posiciones de sujeto--yo lírico masculino, femenino, neutro--, una “no-toda” que lo quiere “todo”; hablo del conocimiento. Años hace que persigo sus sombras, su mirada desde la cumbre, como aquel  “El mundo iluminado/y yo despierta” con que finaliza su Primero sueño. Reacentúo mi propia escritura; “ya lo has escrito”, interrumpe Apolonia. Shh....no seas pesada”. Y prosigo, no sin rodeos.  La lengua barroca periférica que la distingue, necesita de una criptografía (que diría Leibniz, el gran teórico del barroco) que a la vez enumere la naturaleza y descifre el alma en sus interioridades. La materia presenta una textura porosa, sin vacío (siempre hay una caverna en la caverna), y cada cuerpo aún el más pequeño está agujereado por pasadizos irregulares. Barroco y "grotesco" se mezclan producen formas  rizomáticas,  turbulentas en una textura de división en torbellinos que pueden acabar en la noche estrellada o en la espuma de una ola o en el paso de una sombra. ­Juana analiza la naturaleza, pulveriza el mundo, pero también espiritualiza el polvo, y­­ construir la casa de su conciencia criolla y mestiza.

          En ese "Primero sueño, que así intituló y compuso imitando a Góngora" la consabida tópica le ofrece una rejilla utilizable para trazar un mapa de las operaciones mentales, de los hábitos de sensación y de las convenciones de conciencia de sí, que escribe a través de una familia de culturas.  En el centro de esta topografía lo alto y lo bajo son elementos permutables. El sueño invita al lector a la alucina­ción, indicando  que no es posible confundirla con la realidad. El mismo argumento podrá invocar  lo oscuro y  lo claro; el mundo y el cielo estrellado remiten a las pequeñas percepciones del mundo en el yo finito. Este sueño de la inteligencia es un viaje, una prueba de libertad metafísi­ca ilusoria, una realidad suspendida por la noche que permite una trascenden­cia mantenida y fugazmente desafiada. Su Primero sueño traduce los anteriores  y se acerca por una parte a la Traumdeutung en sus relaciones entre el sueño y la vida despierta, y la Dichtung freudianas, que nos sugiere que a través de la ficción la verdad se averigua propia­mente.  Desde el momento en que la verdad se determina como un sueño, la novohispana  distingue, como  la tradición filosófica que la antecede y precede, entre verdad y realidad, y facilita el paso de la verdad por la ficción mediante el efecto idealiza­dor (metafórico) de la palabra. Podríamos continuar la analogía sugiriendo que su comprensión del mundo intelectual es la ficción que manifiesta la verdad: la manifesta­ción que se ilustra hurtándose, como la carta robada lacaniana. En ella ese es justamente el despertar: "El mundo iluminado y yo despierta".

          Mas que subjetivi­dad cartesiana de dominio, Juana está herida del amor intelectual spinozista que define la verdad y el ser como el propio entendimiento. Fuera de este amor, lo que quedan son fantasmas, fábulas, engaños, sombras en los jeroglífi­cos del amor.  En este  apetito de conocer  los ojos ocupan el primer puesto entre los sentidos en orden a conocer; es llamado en lenguaje divino concuspicencia de los ojos, según el Obispo de Hipona,  cuando advirtió que los sujetos a menudo dicen cosas que van mucho más lejos de lo que piensan. Esa es justamente la función de la palabra, que luego (después de Freud) se entiende como una palabra que sobrepasa al sujeto discursante. De esa curiosidad de conocer por los ojos, del mundo como una trampa de cazar miradas nos da buena cuenta El primero sueño:

                             Piramidal, funesta, de la tierra
                             nacida sombra, al Cielo encaminaba
                             de vanos obeliscos punto altiva,
                             escalar pretendiendo las Estrellas (183)

No existe mejor autorretrato (fálico, si se quiere) de la madre novohispana que este mirar del deseo. Allí el engaño tiene probabilidades de triunfo, porque su modelo es el amor, situado esencialmente en la dimensión de engañarse.     

          Entonces, ¿escribir como mujer? ¿qué quiere decir eso? ¿con que mirada y voz interpretarlo? Ya he rodeado la pregunta, yo misma escribo con distintas posiciones discursivas o sujetos de enunciación, y al final  confieso que solo encuentro que La mujer no existe;  que el Otro es el cuerpo, y desde ahí el sujeto tiene que vérselas con la satisfacción; que lo masculino o lo femenino --al margen del concepto autorial  tradicional--remite más a una posición discursiva y es imprescindible distinguir entre  autor,  texto, y lector; que el inconsciente es asexuado; que el arte es un Real--punto de vista lacaniano (nos recuerda Jacques-Alain Miller) que se opone al de la “obra” que sitúa en primer plano la ficción como verdad,   y que se escribe con el síntoma --es decir, con el efecto del lenguaje sobre el cuerpo--, y que la escritura no es callarse, si no construir con el vacío y la nada :  “el poder de la palabra es el silencio”.     

* Conviene aclarar que las tres voces son la de Bajtin, la de Lacan y mi propia voz, que de manera relativa, aproximada y provisional hace preguntas e interrumpe, en la voz de un personaje de ficción de Iris M. Zavala. 

Referencias
Carrión, María Mercedes.  Arquitectura y cuerpo en la figura autorial de Teresa de Jesús. Barcelona:Anthopos, 1996.
Garavelli, Beatriz. “Los escritos místicos”.
Colofón. Boletín de
la Federación Internacional del Campo
Freudiano
. Madrid (1996):50-51.

Lacan, Jacques. Aún. Seminario 20. Buenos Aires: Paidós, 1981.

-----. Psicoanálisis. Radiofonía & Television.
Barcelona: Anagrama, 1980.

-----. Las psicosis. Seminario 3. Buenos Aires;Paidós, 1992.

-----.
La angustia. Inédito, Biblioteca Freudiana, Barcelona, s.f.

-----. La lógica del fantasma. Inédito. Biblioteca Freudiana, Barcelona, s.f.

Miller, Jacques-Alain.
“Teoría de lalengua”, en Matemas I. Manantial:Buenos Aires, 1987:59-78.

-----. “Siete observaciones sobre la creación”. Cuadernos Andaluces de Psicoanálisis 12 (1993):5-10.
Rabinovich, Débora Mariana. “¿Cómo hacer para saber un poco más sobre las mujeres?”. Uno por uno 46 (1998):137-149.
Zavala, Iris M. “El amor es una aventura en el mal: los sonetos de Sor Juana”. Tropelías. 5/6 (l994-1995):443-452.
-----. “Teresa Sánchez: La escritura, la mística y las enfermedades divinas”. La Página 29:3 (1997):21-31.
-----. “Reflexiones sobre el feminismo en el milenio”. Quimera 177 (1999):58-64.

-----. Carta Atenagórica, Juana Inés de la Cruz. Pról.
La ética de la heterodoxia: el fracaso del saber en Sor Juana. Miguel Gómez, ed. Malága, 2006.