Si no puedo dibujarlo es que
no lo entiendo
Albert Einstein
Jaume Plensa, barriendo para casa, dejó dicho en su día
que, desde el principio de los tiempos, el hombre ha utilizado
la escultura para forjar a sus dioses y recrear a sus mitos,
en cambio, ha empleado la pintura para representar pasajes de
la vida cotidiana y otras cuestiones de ámbito doméstico
o, incluso, meramente decorativo. Esta gradación de trascendencia
entre los diferentes medios o técnicas artísticas
puede aplicarse a la generalizada creencia (tanto desde puntos
de vista estrictamente esteticistas como a ojos de ese monstruo
abstracto y feo al que llamamos mercado) que sitúa a la
pintura en un estadio claramente superior al del dibujo.
Manuel
Ruz , felizmente, no comparte del todo esta opinión
y, con la poética inherente a toda su obra, ha puesto
el título de "La vida era eso" a esa mirilla
de calidoscopio que son ésta y sus otras exposiciones.
Su afortunada heterodoxia reivindica un género, el dibujo,
poseedor de múltiples, contradictorias y atractivas connotaciones:
La inmediatez frente a la reflexión, la humildad de las
herramientas frente al circo tecnológico imperante, la
elementalidad frente a la algarabía de los metalenguajes,
la intimidad frente a la mediaticidad, la simplicidad del signo
frente al laberinto de la hiperinformación, la incertidumbre
de lo potencial frente a la estrecha seguridad del dogma.
Tal
como ilustra el aforismo del físico alemán
del encabezamiento, el dibujo es un camino directo (y cada vez
más adecuado) al conocimiento y a la comprensión
de este mundo líquido y cambiante, pero a la vez es un
lúcido ejercicio lúdico. La libertad que emana
el dibujo de un niño, que es como una gran estancia de
techos altísimos y múltiples puertas de salida,
encierra más verdad que la pretendida y pretenciosa certeza
de las pomposasobras maestras. Y esa verdad, casi siempre, se
acompaña de placer en estado puro, envidiado por adultos
que perdieron algún día esa capacidad, y, alo mejor,
la vida era eso.
Nuestros dibujos nos hacen parecer
torpes y elegantes (Penk, Picasso)*, complicados y lúcidos (Escher, Miró),
crueles y tiernos (Goya, Toulouse-Lautrec), crípticos
y didácticos (Guston, Klee), precisos y erráticos
(Durero, Twombly), prácticos y líricos (Leonardo,
Gorky), salvajes y lógicos (Basquiat, Duchamp), exuberantes
y esenciales (Dalí, Chillida), comprometidos y libres
(Beuys, Kipenberger). En definitiva, nuestros dibujos nos hacen
parecer humanos.
(*Los nombres entre paréntesis
son, por supuesto, intercambiables)