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Por el interes
que tiene para comprendre la obra de Kornellius, hemos tomado algunas notas del
catalogo de la exposicion:
“En el antiguo taller de Balthus, un pavellón al fondo del parque de la Villa
Médicis en Roma, cuatro muros de una celda monacal iluminada por un alto
ventanal, Kounellis realiza en 1997 una nueva obra: a mano derecha de los sacos
de yute llenos de carbón suspendidos en una estructura de viguetas de acero
saturando el espacio. ¿ Un cuadro? Lo que debe ser un cuadro: una presencia,
una tensión, una densidad, que quizás, la pintura no permite más.( Es la
Historia quién no le permite más dice con nostalgia Kounellis.) Sobre el muro
del fondo, bajo la vetana, un bastidor metálico del cuál están suspendidos los
cuartos de carne de vaca. Un Rembrandt, un Soutine ( pero ready-made), lo
sagrado,el malestar,el olor insípido, el rojo sensual, la carne abierta. Y aquí
el color, no más que la forma, no es una mímica. La forma exhibe su propio
color. Es uno de los manifiestos que Kounellis repite incansablemente en
múltiples ejemplos. Le gusta decir que un periódico en un collage cubista aporta
su color de periódico. Incluso de un cuadrado de carbón tirado por el suelo,
hace una especie de “cuadrado negro de Malevitch” real.
El cuarto de
carne dice todo esto, pero lo dice muy fuerte, lo canta muy alto porque convoca
más asociaciones, y más esencias.. Ya en Barcelona en 1988, Kounellis había
dispuesto estos grandes gestos de carne sobre los cuadrados de acero que se han
convertido con el paso de los años casi exclusivamente en su tela de pintura.
Bajo la luz de las lámparas de petróleo, luz de claro oscuro, lámpara que
ilumina por todos sus brazos el horror en Guernica. Tanto la carne puede que sea
como un Rembrandt y más, como que la lámpara de petróleo es un fragmento de
Picasso y más, es la luz de las Luces.
Enigma vibrante
planteado por Kounellis. Delicadamente y brutalmente.” La brutalidad del hecho”,
decía Francis Bacon que en materia de carne sabía de lo que hablaba.Quizás no
regenerando la pintura más que contra ella misma: desde su primera exposición en
1960 en la galería La Tartaruga, Kounellis rompe con el caballete, con la
tonalidad, con todo un modo de representación: sus alfabetos y sus números se
despliegan en negro y blanco, la plantilla sobre un fondo no trabajado, papel o
tela cruda, en la inmediatez que va de la cabeza al lienzo.
n su estudio de
Roma, ante las obras de esta exposición, cuatro líneas horizontales de abrigos
negros fijados con hilo de hierro sobre vigas de acero, dice: “ Es el color
protestante”. D e la exposición de 1989, chapas, hojas de plomo, sacos de yute,
hojas muertas de la avenida de Messina: “Es el color del cubismo”. En París
dialoga con el Picasso de 1913.
Un ortodoxo de
los Balcanes, que conserva de su Pirée natal, la pasión de los buques de carga y
de sus cargamentos: carbón, piedras, café, granos, sacos amontonados y la
necesidad del viaje. Para un griego, dice, la cuestión de marchar no plantea
nada; se plantea la cuestión de saber en que dirección, hacia oriente u
occidente. Un romano de adopción que declara “ Lo que quiere decir ser italiano:
adaptarse a las causas perdidas”, y añade, “basta con mirar un Caravaggio para
comprender la Contrareforma”.
Es el mismo
hombre que califica de “protestante” el color de sus cuadros. Si se le presiona
un poco más, añade:” El arte moderno ha nacido de la crítica, por tanto del
protestantismo.” Desde 1956, llegando a Roma, ciudad de la Contrareforma,
después de haber atravesado en tren Yugoslavia, se siente y se ordena
estéticamente, moral y políticamente del lado de la subversión. Armado de esta
voluntad crítica comienza su trabajo: alfabetos en negro y blanco.
“El color , es
el pecado”, dice con malicia, y opone la pintura florentina, arte del contorno,
a la pintura veneciana, viciada de color.
El color
pecaroso, cuando Kounellis lo usa, es siempre con parsimonia y distancia
crítica: escribiendo el nombre sobre la tela como este Giallo de 1965. Es el
objeto que, como el periódico cubista, lleva consigo su propio color, el color
de su misma materia, la carne , el carbón,el saco, el abrigo.
“Como en el
caso de Beckett, poco gesto, poca palabra, pero frutos de un origen fuerte” dice
Kounellis. Está en la rapidez de este trabajo de lo inmediato, la causa por la
que la pintura nos parece como un acróbata, una búsqueda de la muerte que el
artista de la tonalidad, para el que todo está filtrado, no se aproxima.
Quien ha visto
un dibujo de Kounellis, quien ha visto a Kounellis dibujar o simplemente
escribir su nombre, quien le ha visto coger un lápiz o una pluma, o simplemente
ha visto su mano, habrá comprendido que el último arquitecto de las telas y las
vigas, es fino, delicado, ligero. La luz del hilo de hierro sobre fondo de
abrigo, es el dibujo de Kounellis. Que haya un pájaro cerca de él, pasando
cuando dibuja…. hay un pájaro cerca de él.
Y el abrigo…cuádruple
línea de abrigos negros. Uno de los hombres que había asegurado el transporte de
las obras y que ayudaba a la instalación de la exposición me dice durante una
pausa: “Para mí, es la guerra”. Veía en los abrigos atados horizontalmente
cuerpos alargados, revestidos, alineados, tal y como nos lo muestra la
televisión, especialista los días siguientes de una catástrofe.
El propósito de
Kounellis no es ilustrativo, no maneja el símbolo como estandarte de un
pensamiento político. Esas cuatro barras horizontales, negras y calientes, son
como las muescas de Fontana, com los golpes de brocha negros sobre blanco de
Franz Kline, un gesto de pintura. No obstante, un abrigo residuo de un abrigo.
“Los materiales tienen una memoria y tienen un futuro porque poseen esta
memoria” dice Kounellis.El abrigo es un color y un gesto, pero también, no puede
no ser una proporción, la del hombre, una presencia, que huye por defecto.
Presencia y ausencia del hombre que desde siempre anima el trabajo de Kounellis,
puerta, ventana, cama, sábana, abrigo, zapatos, sombrero, él los utiliza de
manera constante. El hombre pasa, se examina, se acuesta, se pone el sombrero,
el traje, se peina, que lo haga o no.
La crítica
brechtienne, moral, protestante, soberbia del ermitaño, este abrigo negro
disimula imperfectamente su sensualidad.
Entre los
antiguos jarrones que Kounellis reagrupa y alinea en 1989 en Capodimonte,
inmenso cuerpo gigante sobre el suelo del palacio napolitano, uno estaba lleno
de sangre(10). Esto no se veía, pero se comentaba en secreto. El color estaba
escondido, casi vergonzoso pero activo: esta urna de sangre es como la herida al
lado del cuerpo afligido de una Piedad. Rojo sombra, púrpura, o todavía negro,
pero de un brillo que corta sobre la hiladura de la lana, el color está aquí
bajo el abrigo, la sensualidad está en el forro, aquí o allá un rincón se
descubre.
Abrigo del
errante, era ya él mismo, extraña figura de la ausencia, en 1975, en Tragedia
civil , la única de sus obras a la que Kounellis ha dado un título: un
sombrero y un abrigo abrochados a una percha delante de un brillante muro de oro
y siempre, como una consciencia, la lámpara de petróleo de Guernica. (11). El
siglo de las Luces iluminando Bizancio, la lucidez cuestionando la Historia y
el abrigo del ausente, hombre antiguo, artista moderno, “die glückliche Hand” ,
la mano encantada, la de Schönberg, la de Nerval, la mano china, la que dibuja
con el pájaro, la que transmuta el plomo. |
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