artistas

Jannis Kounellis  

El cuerpo del delito
Jean Frémon

Kounellis  
Galerie Lelong
1998
 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

Por el interes que tiene para comprendre la obra de Kornellius, hemos tomado algunas notas del catalogo de la exposicion:

“En el antiguo taller de Balthus, un pavellón al fondo del parque de la Villa Médicis en Roma, cuatro muros de una celda monacal iluminada por un alto ventanal, Kounellis realiza en 1997 una nueva obra: a mano derecha de los sacos de yute llenos de carbón suspendidos en una estructura de viguetas de acero saturando el espacio.  ¿ Un cuadro? Lo que debe ser un cuadro: una presencia, una tensión, una densidad, que quizás, la pintura no permite más.( Es la Historia quién no le permite más dice con nostalgia Kounellis.) Sobre el muro del fondo, bajo la vetana, un bastidor metálico del cuál están suspendidos los cuartos de carne de vaca. Un Rembrandt, un Soutine ( pero ready-made), lo sagrado,el malestar,el olor insípido, el rojo sensual, la carne abierta. Y aquí el color, no más que la forma, no es una mímica. La forma exhibe su propio color. Es uno de los manifiestos que Kounellis repite incansablemente en múltiples ejemplos. Le gusta decir que un periódico en un collage cubista aporta su color de periódico. Incluso de un cuadrado de carbón tirado por el suelo, hace una especie de “cuadrado negro de Malevitch” real.

El cuarto de carne dice todo esto, pero lo dice muy fuerte, lo canta muy alto porque convoca más   asociaciones, y más esencias.. Ya en Barcelona en 1988, Kounellis había dispuesto estos grandes gestos de carne sobre los cuadrados de acero que se han convertido con el paso de los años casi exclusivamente en su tela de pintura. Bajo la luz de las lámparas de petróleo, luz de claro oscuro, lámpara que ilumina por todos sus brazos el horror en Guernica. Tanto la carne puede que sea como un Rembrandt y más, como que la lámpara de petróleo es un fragmento de Picasso y más, es la luz de las Luces.

Enigma vibrante planteado por Kounellis. Delicadamente y brutalmente.” La brutalidad del hecho”, decía Francis Bacon que en materia de carne sabía de lo que hablaba.Quizás no regenerando la pintura más que contra ella misma: desde su primera exposición en 1960 en la galería La Tartaruga, Kounellis rompe con el caballete, con la tonalidad, con todo un modo de representación: sus alfabetos y sus números  se despliegan en negro y blanco, la plantilla sobre un fondo no trabajado, papel o tela cruda, en la inmediatez que va de la cabeza al lienzo.

n su estudio de Roma, ante las obras de esta exposición, cuatro líneas horizontales de abrigos negros fijados con hilo de hierro sobre vigas de acero, dice: “ Es el color protestante”. D e la exposición de 1989, chapas, hojas de plomo, sacos de yute, hojas muertas  de la avenida de Messina: “Es el color del cubismo”. En París dialoga con el Picasso de 1913.

Un ortodoxo de los Balcanes, que conserva de su Pirée natal, la pasión de los buques de carga y de sus cargamentos: carbón, piedras, café, granos, sacos amontonados y la necesidad del viaje. Para un griego, dice, la cuestión de marchar no plantea nada; se plantea la cuestión de saber en que dirección, hacia oriente u occidente. Un romano de adopción que declara “ Lo que quiere decir ser italiano: adaptarse a las causas perdidas”, y añade, “basta con mirar un Caravaggio para comprender la Contrareforma”.

Es el mismo hombre que califica de “protestante” el color de sus cuadros. Si se le presiona un poco más, añade:” El arte moderno ha nacido de la crítica, por tanto del protestantismo.”  Desde 1956, llegando a Roma, ciudad de la Contrareforma, después de haber atravesado en tren Yugoslavia, se siente y se ordena estéticamente, moral y políticamente del lado de la subversión. Armado de esta voluntad crítica comienza su trabajo: alfabetos en negro y blanco.

“El color , es el pecado”, dice con malicia, y opone  la pintura florentina, arte del contorno, a la pintura veneciana, viciada de color.

El color pecaroso, cuando Kounellis lo usa, es siempre con parsimonia y distancia crítica: escribiendo el nombre sobre la tela como este Giallo de 1965. Es el objeto que, como el periódico cubista, lleva consigo su propio color, el color de su misma materia, la carne , el carbón,el saco, el abrigo.

“Como en el caso de Beckett, poco gesto, poca palabra, pero frutos de un origen fuerte” dice Kounellis. Está en la rapidez de este trabajo de lo inmediato, la causa por la que la pintura nos parece como un acróbata, una búsqueda de la muerte que el artista de la tonalidad, para el que todo está filtrado, no se aproxima.

Quien ha visto un dibujo de Kounellis, quien ha visto a Kounellis dibujar o simplemente escribir su nombre, quien le ha visto coger un lápiz o una pluma, o simplemente ha visto su mano, habrá comprendido que el último arquitecto de las telas y las vigas, es fino, delicado, ligero. La luz del hilo de hierro sobre fondo de abrigo, es el dibujo de Kounellis. Que haya un pájaro cerca de él, pasando cuando dibuja…. hay un pájaro cerca de él.

Y el abrigo…cuádruple línea de abrigos negros. Uno de los hombres que había asegurado el transporte de las obras y que ayudaba a la instalación de la exposición me dice durante una pausa: “Para mí, es la guerra”. Veía en los abrigos atados horizontalmente cuerpos alargados, revestidos, alineados, tal y como nos lo muestra  la televisión, especialista los días siguientes de una catástrofe.

El propósito de Kounellis no es ilustrativo, no maneja el símbolo como estandarte de un pensamiento político. Esas cuatro barras horizontales, negras y calientes, son como las muescas de Fontana, com los golpes de brocha negros sobre blanco de Franz Kline, un gesto de pintura. No obstante, un abrigo residuo de un abrigo. “Los materiales tienen una memoria y tienen un futuro porque poseen esta memoria” dice Kounellis.El abrigo es un color y un gesto, pero también, no puede no ser una proporción, la del hombre, una presencia, que huye por defecto. Presencia y ausencia del hombre que desde siempre anima el trabajo de Kounellis, puerta, ventana, cama, sábana, abrigo, zapatos, sombrero, él los utiliza de manera constante. El hombre pasa, se examina, se acuesta, se pone el sombrero, el traje, se peina, que lo haga o no.

La crítica brechtienne, moral, protestante, soberbia del ermitaño, este abrigo negro disimula imperfectamente su sensualidad.

Entre los antiguos jarrones  que Kounellis reagrupa y alinea en 1989 en Capodimonte, inmenso cuerpo gigante sobre el suelo del palacio napolitano, uno estaba lleno de sangre(10). Esto no se veía, pero se comentaba en secreto. El color estaba escondido, casi vergonzoso pero activo: esta urna de sangre es como la herida al lado del cuerpo afligido de una Piedad. Rojo sombra, púrpura, o todavía negro, pero de un brillo que corta sobre la hiladura de la lana, el color está aquí bajo el abrigo, la sensualidad está en el forro, aquí o allá un rincón se descubre.

Abrigo del errante, era ya él mismo, extraña figura de la ausencia, en 1975, en Tragedia civil , la única de sus obras a la que Kounellis ha dado un título: un sombrero y un abrigo abrochados a una percha delante de un brillante muro de oro y siempre, como una consciencia, la lámpara de petróleo de Guernica. (11). El siglo  de las Luces iluminando Bizancio, la lucidez cuestionando la Historia y el abrigo del ausente, hombre antiguo, artista moderno, “die glückliche Hand” , la mano encantada, la de Schönberg, la de Nerval, la mano china, la que dibuja con el pájaro, la que transmuta el plomo.